Con luces y cámaras, pero con menos acción: la realidad del cine venezolano

El financiamiento proveniente del extranjero se ha vuelto “el mejor amigo” de los cineastas

Cortesía: Globovisión

La cantidad de largometrajes producidos se ha reducido en un 44% desde 2015, como consecuencia de la crisis económica que atraviesa el país

Por Anderson Ayala Giusti

El cine venezolano vivía hasta hace un par de años una época dorada de expansión y desarrollo, pero no logró escapar a los efectos de una situación económica que se fue tornando dura. El resultado: una disminución paulatina del número de producciones estrenadas desde 2015, y como secuela de ello, una búsqueda alternativa de financiamiento en divisas extranjeras.

La curva de largometrajes ahora es descendente, luego de 13 años de haber iniciado su escalada con la reforma de la Ley de la Cinematografía Nacional en 2005. Ésta ley propició las condiciones para que el sector privado se involucrara más en la industria. Además, permitió a los gremios del cine actuar en mayor asociación con el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), ente rector del cine nacional. Y, como hecho inédito, creó un Fondo de Promoción y Financiamiento del Cine (FONPROCINE), a partir del cual se cobra un impuesto a las empresas relacionadas con la actividad audiovisual, para destinarlo al desarrollo del cine.

Todo ello se vio trastocado por la crisis, y la producción cinematográfica lo resintió en su número de largometrajes. Según las estadísticas de Largometrajes Nacionales Estrenados del CNAC, en 2015 se estrenaron en el país un total de 29 largometrajes. Para 2016, esa cifra se redujo a 26, mientras que para 2017 era de solo 16. Es decir, el número de películas que dejaron de hacerse el año pasado, con respecto a la cifra de 2015, decayó en 13 (un 44%).

Cortesía: Ministerio de Información y Comunicación.

El número ahora se contrae

El 14 de enero de 2016 salió publicado en Gaceta Oficial un Decreto de Emergencia Económica firmado por el Presidente de la República, Nicolás Maduro. Ese instrumento legal permitió el ingreso de la palabra “crisis” al vocabulario oficial. Con ello se reconocía entonces el nivel crítico de la situación económica, ante la cual, como afirma Aracelis García, presidenta del CNAC, “el cine es una industria que se ve impactada”.

Como muestran las referidas estadísticas del CNAC, el número de largometrajes producidos en el país pasó de 29 en a 16 en los últimos tres años (2015, 2016 y 2017). Una reducción de un 44% si se traslada la magnitud a cifras matemáticas. Para este 2018 no resulta posible conocer aún la cifra de producciones por estrenar, y a ciencia cierta es especulativo aseverar o no que el proceso hiperinflacionario influirá en ello.

Además, la capacidad de financiamiento del CNAC también se ha visto mermada. En 2016, según sus cifras de Proyectos Financiados, el Centro invirtió capital en un total de 17 proyectos cinematográficos (que pueden ser: desarrollo de guión, producción, postproducción, etc.), de los cuales 13 tuvieron que ver con largometrajes –de los 26 estrenados-. Asimismo, para 2017, según García, solo se pudieron financiar 13 proyectos cinematográficos.

La presidenta del CNAC señala que actualmente el ente no se halla en la posibilidad de costear la totalidad de un proyecto, sino solo “entre un 30 y un 40% del costo promedio de una película”, costo promedio que se maneja en su sitio web como referencia de los costos de una producción cinematográfica.

Para el primer semestre de 2016, ese costo promedio era de Bs. 37.368.936 para un largometraje de ficción, y un año después, con una inflación acumulada de 550% según la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, el costo aumentó poco más de un 100%, para quedar en Bs. 79.408.989 (primer semestre de 2017).

Para este primer semestre de 2018 el promedio es desconocido, aunque con una inflación acumulada de 2.616% en 2017 según la misma Comisión de Finanzas, puede que el monto ascienda abruptamente.

No obstante, la presidenta del ente rector del cine en Venezuela señala también que hay casos muy específicos de realizadores que no buscan presupuesto sino el aval del CNAC. “El costo que meten es muy poco, porque lo que buscan es el aval institucional que les dé la posibilidad de conseguir apoyo económico fuera del país”, señala. Esa parece ser la tónica de los cineastas venezolanos en la actualidad: buscar el dinero presupuestario en el extranjero.

El financiamiento muta de divisas

Ese aspecto de la recurrencia a moneda extranjera lo explica con acierto Francisco Matos, estudioso del cine venezolano y miembro del Círculo de Críticos Cinematográficos de Caracas, conocido bajo el seudónimo de Frank Black. Para él, la producción cinematográfica depende del capital, y ese capital se maneja universalmente en dólares. “Al no haber dólares accesibles para la creación, se ve afectada la producción de un trabajo coherente y adecuado”, indica Black.

Una visión similar comparte Edgar Rocca, director de la película “El peor hombre del mundo”, para quien el bolívar también resulta muy “fluctuante” al momento de calcular el presupuesto de una producción. Por ello destaca la necesidad de manejarse en divisas extranjeras.

A su juicio, unos 20.000 dólares serían lo mínimo requerido para realizar un largometraje de calidad, aunque recalca también que cosas como la inseguridad, el aumento de precios y la escasez, son algunas de las dificultades que marcan la realización de un largometraje.

Para Carlos Caridad, director de la película “3 Bellezas”, precisamente el tener dólares, por su valor estable, les permite a los cineastas franquear un poco la hiperinflación. Para él, un largometraje de calidad se puede hacer actualmente en el país con 40.000 dólares -el doble de lo indicado por Rocca-, aunque añade que hoy en día no es recomendable realizar una película que necesariamente exija un presupuesto enorme.

Los cineastas deben atenerse a realizar historias que tengan en cuenta las limitaciones que se van a tener. Lo que les queda es tratar de hacer la película por sus propios medios, escribiendo historias acordes a sus recursos económicos”, agrega Caridad.

Además, según su visión, “la radicalización del proceso revolucionario” ha hecho que el CNAC se haya parcializado a favor del partido de gobierno, lo cual puede influir en las propuestas aprobadas o no por el instituto. “El gobierno no financia proyectos con determinada línea política. Muchos cineastas han quedado por fuera”, señala Caridad.

De las voces de los realizadores se puede observar que las condiciones para los cineastas son cada vez más cuesta arriba.

En el otro extremo de la ecuación -el macro-, se halla que la situación también tiene en jaque a las productoras privadas. A ello tampoco escapa la productora pública, Villa del Cine, que además ha mostrado desde 2014 una política abiertamente parcializada hacia el gobierno.

Productoras bajo la misma espiral

Luis Guillermo Villegas, presidente de Bolívar Films, productora cinematográfica de amplia trayectoria en el país, comenta que la crisis económica ha afectado tremendamente el diferencial que queda entre costos e ingresos de la empresa, y ello se ha debido a la reducción progresiva de trabajo que han tenido.

Según comenta, Bolívar Films logró terminar este año dos proyectos que veían desde 2017, y el año pasado se finalizaron solo cuatro proyectos más que venían de 2016. Además, hay que considerar que la empresa tiene como fuerte la producción de películas documentales, con el menor ingreso posterior (recaudación) que ello significa.

Para Villegas, el tema de que el presupuesto sea cada vez más limitado para los cineastas también ha afectado el que quieran realizar algún servicio con Bolívar Films. “Si tú eres cineasta, y el dinero que te dieron para hacer la película se te acabó en la producción, ya no puedes venir a Bolívar Films a hacer tu postproducción. Esos clientes, directores de películas, que venían a trabajar acá, ya no vienen porque no tienen dinero”, comenta.

La situación no es muy diferente para la Fundación Villa del Cine, productora cinematográfica del Estado, creada en 2006 por el entonces Presidente Hugo Chávez.

A pesar de que su sitio web no contiene todo el catálogo de producciones realizadas, y tras un arqueo en la base de datos de la distribuidora Amazonia Films –también del Estado-, filial de facto de Villa del Cine, se encuentra que, en efecto, el número de producciones ha disminuido progresivamente. Esto, cabe destacar, a pesar de tener a sus espaldas el financiamiento del Estado venezolano.

En 2015 la productora realizó un total de 5 largometrajes y una coproducción, mientras que en 2016 realizó solo 2 producciones y coprodujo otras 3.

El pasado año, la empresa financió 4 largometrajes –dos de ellos documentales-, y coprodujo otra película más. Finalmente, este 2018, Villa del Cine registra una coproducción ya estrenada, y tiene previstos a estrenar otros tres largometrajes que van orientándose hacia el bajo presupuesto.

Vale resaltar, como hecho importante, que no todas las producciones financiadas por la Fundación han sido ya estrenadas en el territorio nacional, aunque seguramente lo serán en el futuro. Futuro que, por cierto, genera opiniones diversas pero coincidentes en una misma línea.

Futuro claroscuro

Por una parte, el tema de la migración está también en la agenda del cine, como dice Edgar Rocca, para quien va a seguir existiendo ese flujo de gente yéndose del país, desde realizadores jóvenes hasta técnicos con trayectorias de 30 o 40 años. Asimismo, afirma que parte de la labor necesaria por hacer en el futuro es potenciar la distribución internacional, tal como hicieron los canales de televisión con sus telenovelas, según señala.

RCTV y Venevisión hicieron el trabajo que tenían que hacer. El éxito (de las telenovelas) se debe a la distribución internacional, cosa que le ha faltado al cine”, argumenta. No obstante, Rocca supedita esa necesidad a un cambio en el país, porque de lo contrario se seguirán yendo los realizadores y técnicos.

Carlos Caridad también es partícipe de la necesidad de buscar mercados extranjeros para distribuir las producciones. Además, vaticina un cine “mucho más libre” en el futuro, producto de las alternativas que los cineastas han debido buscar ante la crisis. “De esta experiencia saldrán cineastas que ahora van a trabajar con sus propios recursos y que ya no van a depender de un Estado”, expresa, con lo cual agrega que así se eliminará la autocensura.

Otro que coincide en el aspecto de un cambio en la gerencia económica del país es Frank Black, para quien la industria está supeditada a ello. Además, Black resalta a la creatividad como un método para mitigar los efectos de la crisis en la producción de cine. Según comenta, “hay cineastas que han podido hacer producciones a partir incluso de tablets, y son productos que, aunque parezcan de cine de guerrilla, son altamente creativos”.

En una óptica más optimista, para la historiadora de cine y directora del Observatorio del Cine Venezolano, Nancy de Miranda, el número de producciones podrá oscilar negativa y positivamente, pero aún así se mantendrá. “Aunque el cine venezolano está golpeado por una crisis, no quiere decir ello que esté tambaleando”, reconoce.

Como se ve, a la industria cinematográfica venezolana aún le queda mucho trabajo por hacer para desarrollarse. En 2005 repuntó porque se reformuló una Ley de la Cinematografía Nacional que creó las condiciones para que el cine nacional se expandiera, aunque la crisis económica de los últimos años ha mermado ese proceso.

Una década después de la reformulación de esa ley, el cine ya había cosechado grandes premios en festivales internacionales, y había arrastrado una cantidad considerable de público a las salas de exhibición. Sin embargo, la crisis económica en que se sumió el país -precedida por una bonanza petrolera histórica-, ha perjudicado fuertemente a la industria del cine, a tal punto que le ha hecho reducir paulatinamente su número de producciones, por la misma liquidación de presupuestos y de oportunidades que ha ocasionado.

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