Con luces y cámaras, pero con menos acción: la realidad del cine venezolano

El financiamiento proveniente del extranjero se ha vuelto “el mejor amigo” de los cineastas

Cortesía: Globovisión

La cantidad de largometrajes producidos se ha reducido en un 44% desde 2015, como consecuencia de la crisis económica que atraviesa el país

Por Anderson Ayala Giusti

El cine venezolano vivía hasta hace un par de años una época dorada de expansión y desarrollo, pero no logró escapar a los efectos de una situación económica que se fue tornando más dura a partir de 2013, coincidente con la baja de los precios del barril de petróleo. La coyuntura se hizo crítica, hasta que la palabra “crisis” ingresó al vocabulario oficial en 2016, y el resultado fue una disminución paulatina del número de producciones estrenadas.

La curva de largometrajes ahora es descendente, luego de 13 años de haber iniciado su escalada con la reforma de la Ley de la Cinematografía Nacional en 2005, que propició las condiciones para tres hechos fundamentales: que el sector privado se involucrara más en la industria; que los gremios del cine actuaran en mayor asociación con el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), ente rector del cine nacional; y que se creara un Fondo de Promoción y Financiamiento del Cine, a partir del cual recolectar impuestos a las empresas relacionadas con la actividad audiovisual, para destinarlos al desarrollo de la cinematografía nacional.

A ello le siguió en 2006 la creación de la Fundación Villa del Cine por el entonces Presidente Chávez, y así el Estado pasaba a tener su propia productora, que inició operaciones con una gran inversión que se contaba en millones de dólares.

Las condiciones estaban dadas para la industrialización del cine venezolano, y la expansión de las producciones no tardó en notarse. En 2005 se estrenaron un total de 4 largometrajes –misma cantidad que en 2004-, y ya para 2006 ese número era de 11, mientras que para 2007 era de 13, y en 2008 alcanzó su pico máximo histórico con 32 largometrajes, según las cifras de Largometrajes Nacionales estrenados de la Gerencia de Fiscalización Técnica del CNAC. No obstante, esos números altamente positivos comenzaron a decaer, como se dijo, después de 2015.

Producciones nacionales estrenadas antes y después de la Ley de la Cinematografía Nacional (2005)

El número ahora se contrae

El 14 de enero de 2016 salió publicado en Gaceta Oficial un Decreto de Emergencia Económica firmado por el Presidente de la República, Nicolás Maduro. Ese instrumento legal permite señalar oficialmente que la situación se ha tornado en crisis, y como reconoce Aracelis García, presidenta del CNAC, “el cine es una industria que (ante ello) se ve impactada”.

Las estadísticas del CNAC mencionadas indican que para 2015 se estrenaron en el país un total de 29 largometrajes venezolanos. Considerando que en enero de 2016 se había reconocido oficialmente la crisis, se encuentra luego que, para ese año, el número de largometrajes se había reducido a 26, mientras que para 2017 era de solo 16. Es decir, el número de películas que dejaron de hacerse el año pasado, si se toma como referencia la cifra de 2015, decayó en 13 (un 44%). Para este 2018 no resulta posible conocer aún la cifra de producciones por estrenar, aunque si se toma en cuenta el proceso hiperinflacionario, las proyecciones difícilmente sean positivas.

Pero además, la capacidad de financiamiento del CNAC también se ha visto mermada. En 2016, el Centro financió un total de 17 proyectos cinematográficos (que pueden ser: desarrollo de guión, producción, postproducción, etc.), de los cuales 13 tuvieron que ver con largometrajes –de los 26 estrenados-, según cifras de Proyectos Financiados de la Gerencia de Fiscalización Técnica del CNAC. Para 2017, según García, solo se pudieron financiar 13 proyectos cinematográficos.

La presidenta del CNAC señala que actualmente el ente no se halla en la posibilidad de financiar la totalidad de un proyecto, sino solo “entre un 30 y un 40% del costo promedio de una película”, costo promedio que se maneja en su sitio web como referencia de los costos de una producción cinematográfica. Para el primer semestre de 2016, ese costo promedio era de Bs. 37.368.936 para un largometraje de ficción, y un año después, con una inflación acumulada de 550% según la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional, sólo aumentó poco más de un 100%, para quedar en Bs. 79.408.989 (primer semestre de 2017). Para este primer semestre de 2018, el promedio es desconocido, aunque con una inflación acumulada de 2.616% en 2017 según la Comisión de Finanzas, puede que el monto ascienda abruptamente.

No obstante, la presidenta del ente rector del cine en Venezuela señala también que hay “casos muy específicos de gente (realizadores) que quiere sobre todo el aval del CNAC, y el costo que mete es muy poco, porque lo que busca es el aval institucional que le dé la posibilidad de conseguir apoyo económico fuera del país”. Esa parece ser la tónica de los cineastas venezolanos en la actualidad: buscar el financiamiento fuerte en el extranjero.

Las voces de los protagonistas

Ese aspecto de la recurrencia a moneda extranjera lo explica con acierto Francisco Matos, estudioso del cine venezolano y miembro del Círculo de Críticos Cinematográficos de Caracas, conocido bajo el seudónimo de Frank Black, quien señala que “la producción cinematográfica depende de capital, y ese capital se maneja es en dólares. De modo que al no haber dólares accesibles para la creación, se ve afectada la producción de un trabajo coherente y adecuado”.

Una visión similar comparte Edgar Rocca, director de la película “El peor hombre del mundo”, para quien el bolívar también resulta muy “fluctuante” al momento de calcular el presupuesto de una producción, y por ello destaca la necesidad de manejarse en divisas extranjeras. Para él, unos 20.000 dólares serían lo mínimo requerido para realizar un largometraje de calidad, aunque indica también que cosas como la inseguridad, el aumento de precios y la escasez, que son “el pan nuestro de cada día”, son algunas de las dificultades que marcan la realización de una producción cinematográfica en la Venezuela de hoy.

Para Carlos Caridad, director de la película “3 Bellezas”, precisamente el tener dólares “permite (a un cineasta) vadear un poco el tema de la hiperinflación, porque es una moneda con un valor estable”. A su juicio, un largometraje de calidad se puede hacer actualmente en el país con 40.000 dólares, el doble de lo indicado por Rocca, aunque remarca que los realizadores deben atenerse a “realizar historias que tengan en cuenta las limitaciones que se van a tener”.

Caridad recalca además que para “el cineasta actual lo que queda es tratar de hacer la película por sus propios medios, escribiendo historias acordes a sus recursos económicos”. Según su visión, “la radicalización del proceso revolucionario” ha hecho que “el instituto (CNAC) se haya partidizado”, de modo que el “gobierno no financia proyectos con determinada línea política”. Como consecuencia, argumenta, “muchos cineastas han quedado por fuera”.

De las voces de los realizadores se puede observar que las condiciones para los cineastas son cada vez más cuesta arriba. En el otro extremo de la ecuación -el macro-, se halla que la situación también tiene en jaque a las productoras privadas, y la pública, que es Villa del Cine, ha mostrado desde 2014 una política cinematográfica abiertamente parcializada hacia el gobierno y el proceso revolucionario, aunque ello no le hace escapar de la coyuntura económica.

Productoras bajo la misma espiral

Luis Guillermo Villegas, presidente de Bolívar Films, productora cinematográfica de amplia trayectoria en el país, comenta que la crisis económica ha afectado tremendamente el diferencial que queda entre costos e ingresos, y ello se ha debido a la reducción progresiva de trabajo que ha tenido la empresa. Según comenta Villegas, la empresa logró terminar este año dos proyectos que ya veían desde 2017, y el año pasado apenas lograron finalizar cuatro proyectos más que venían de 2016, considerando que Bolívar Films ha tenido como fuerte la producción de películas documentales, con el menor ingreso posterior que ello significa.

Para Villegas, el tema de que el presupuesto sea cada vez más limitado para los cineastas también ha mermado en que quieran realizar algún servicio con Bolívar Films. “Si tú eres cineasta, y el dinero que te dieron para hacer la película se te acabó en la producción, ya no puedes venir a Bolívar Films a hacer tu postproducción. Esos clientes, directores de películas, que venían a trabajar acá, ya no vienen porque no tienen dinero”, comenta.

La situación no es muy diferente para la Fundación Villa del Cine, con la diferencia de que tiene un Estado financiador a sus espaldas, pero que producto mismo de la crisis económica ha tenido que re direccionar mejor sus ingresos hacia las áreas más urgentes. Por ello la capacidad de producir de Villa del Cine también ha decaído progresivamente.

A pesar de que su sitio web no contiene todo el catálogo de producciones realizadas, y tras un arqueo en la base de datos de la distribuidora Amazonia Films –también del Estado-, filial de facto de Villa del Cine, se encuentra lo siguiente: para 2015, la productora realizó un total de 5 largometrajes y una coproducción; mientras que para 2016 realizó solo 2 producciones y coprodujo otras 3; y para 2017 financió 4 largometrajes –dos de ellos documentales-, y coprodujo otra película más. Este 2018, Villa del Cine tiene una coproducción ya estrenada y tiene previstos a estrenar otros tres largometrajes que van orientándose hacia el bajo presupuesto.

Vale destacar, como hecho importante, que no todas las producciones financiadas por la Fundación han sido ya estrenadas en territorio nacional, aunque seguramente lo serán en el futuro. Futuro que, por cierto, genera opiniones diversas pero coincidentes en una misma línea.

Futuro claroscuro

Por una parte, el tema de la migración está también en la agenda del cine, como dice Edgar Rocca, para quien va a seguir existiendo ese flujo de gente yéndose del país, desde realizadores jóvenes hasta técnicos con trayectorias de 30 o 40 años. Asimismo, también afirma que parte de la labor necesaria por hacer en el futuro es potenciar la distribución internacional, tal como hicieron los canales de televisión con sus telenovelas, según señala. “RCTV y Venevisión hicieron el trabajo que tenían que hacer. El éxito (de las telenovelas) se debe a la distribución internacional, cosa que le ha faltado al cine”. No obstante, Rocca supedita esa necesidad a un cambio en el país, porque de lo contrario “todos quienes realizan se van a seguir yendo”.

Carlos Caridad también es partícipe de la necesidad de buscar mercados extranjeros para distribuir las producciones, pero además vaticina un cine “mucho más libre” porque, de esta experiencia “saldrán cineastas que ahora van a trabajar con sus propios recursos y que ya no van a depender de un Estado”, evitando así la autocensura, según expresa.

Otro que coincide en el aspecto de un cambio en la gerencia económica del país es Frank Black, para quien “la industria está supeditada a que necesariamente haya un cambio de matriz de desarrollo económico en el país, porque sin dinero no va a haber producción”. Black resalta, además, a la creatividad como un método para mitigar los efectos de la crisis en la producción de cine, pues según comenta, “hay cineastas que han podido hacer producciones a partir incluso de tablets, y son productos que, aunque parezcan de cine de guerrilla, son altamente creativos”.

Ese es el panorama que se puede construir a partir de las distintas visiones de quienes hacen cine en el país. No obstante, en una óptica más optimista, para la historiadora de cine y directora del Observatorio del Cine Venezolano, Nancy de Miranda, el cine venezolano “aunque está golpeado por una crisis, no quiere decir ello que esté tambaleando”. Reconoce además que el número de producciones podrá oscilar negativa y positivamente, pero que aún así se mantendrán.

Como se ve, a la industria cinematográfica venezolana aún le queda mucho trabajo por hacer para desarrollarse. En 2005 repuntó porque se reformuló una Ley de la Cinematografía Nacional que conjugó gremios y un instituto autónomo para diseñar las políticas cinematográficas del país; porque se creó un fondo que reunía dinero de los contribuyentes del mundo audiovisual para producir y desarrollar más el cine; y porque el Estado comenzó a tener una participación directa en el área de la cinematografía nacional a través de su propia productora. Todas ellas fueron acciones que tuvieron resultados visibles, pero con las que no se logró desarrollar a la industria.

Una década después, sin embargo, el cine ya había cosechado grandes premios en festivales y había arrastrado a una cantidad considerable de público a las salas de cine, pero la mala administración de una bonanza petrolera histórica llevó al país a sumirse en una crisis económica severa, que ha perjudicado fuertemente a la industria del cine, a tal punto que le ha hecho reducir progresivamente su número de producciones, por la misma liquidación de presupuestos y de oportunidades que ha ocasionado.

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