Un viaje de amor y odio

El Metro de Caracas concentra en sí mismo el sueño y la promesa de una ciudad en vías de desarrollo que se quedó estancada en los rieles. Es el recuerdo presente de lo que pudo ser. La maldición y la gloria de la democracia, de las promesas cumplidas y las pisoteadas por los gobiernos

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Por Andrea Quintero

Entran y salen los mendigos de las estaciones. Los vendedores caminan de un extremo al otro abriéndose paso entre la hora pico. Hay perros que se montan y bajan de los vagones como usuarios expertos, acostumbrados a la carrera de obstáculos de las largas piernas.

Hay gente quejándose del gobierno, de que otra vez volverá a llegar tarde por culpa del Metro. Está él que intenta evangelizar e invita a los presentes a pedir perdón, a encontrar el camino del  Señor.

Y mientras tanto hay retraso, de 1:40 minutos para ser exactos. También hay olor a sardina y la sangre se corre por el piso que alguna vez fue azul, y que ahora es gris por el sucio acumulado de días, tal vez meses.

Entre gritos, violencia, delincuencia y miseria. Entre retrasos, apagones y puertas que se cierran el Metro de Caracas sigue trabajando 23 horas al día.

De la Caracas vieja, esa de rejas discretas y de noches de serenatas en un balcón, no queda más que el recuerdo que se va alejando. El sabor amargo de boca de lo que ya no es y que nunca volverá a ser. Esa ciudad, que se llevó los más tiernos recuerdos, esa Caracas que se fue con los años, también se llevó consigo a su más fiel compañero.

“Tú te montabas en el metro y sentías que esa era otra Caracas. No había cola, no había sucio. A uno le provocaba montarse nada más para pasear un rato”. De ese metro solo queda el sinsabor de una tristeza que no se sabe bien de dónde vine. De lo que se fue hace tanto que ya no se sabe si de verdad estuvo.

—¡Vengan, vengan! Salgan todos –dijo el ingeniero encargado

Las oficinas del personal de gerencia de equipo quedaron vacías esa tarde. Con miedo y timidez, dice  el señor Samuel que se montaron ese día los trabajadores en la prueba del tren. Aunque confiaban en el equipo y en el trabajo que estaban realizando era imposible no sentir el miedo y la timidez que caracteriza a esas cosas desconocidas, que se hacen por primera vez.

Era el año de 1982 y se estaban realizando las primeras pruebas dinámicas con los prototipos de vagón. Necesitaban probar que el tren llegara a la estación de Caño Amarillo y así fue: un viaje de diez minutos –idea y vuelta- desde Propatria. Diez minutos que concentrarían el trabajo de años y el paso a una nueva década.

A medida que transcurre la conversación, y Samuel se va sumergiendo en sus recuerdos, llegan amigos que trabajaron junto a él en el Metro de Caracas. Todos se reúnen alrededor de esa plaza, a unas cuantas cuadras de la estación de Capitolio.

Tienen el cabello blanco por el paso de los años, algunos usan bastón y otros sólo llevan el periódico del día bajo el brazo. Parecen ser una gran familia. Hablan de los nietos, la comida, la última visita al cardiólogo, los exámenes que deben realizarse. Desde lejos parece que, tras trabajar 28 años en el Metro -esa buena experiencia de la que el señor Samuel no tiene nada de qué quejarse- esa compañía le dejo mucho más que una jubilación, le ha dejado una familia.

Caracas rueda hacia el año 2000. Ese fue el titular del diario el Nacional aquel lunes 2 de enero de 1983. El año nuevo les traería a los caraqueños la posibilidad de mejorar su calidad de vida  y una invitación a asistir al gran evento del año: la inauguración del Metro de Caracas.

El Metro concentraría la capacidad de mil autobuses por tan sólo 2 Bs. Con ocho estaciones de Propatria a la Hoyada, 7.193 metros serían recorridos en un viaje de 10 minutos, a una velocidad de 80 km por hora, con cien mil pasajeros en ambos sentidos.

Destinado a mejorar la calidad de vida de los habitantes de las barriadas caraqueñas, el proyecto comenzaría a trabajarse en el año de 1963, con la creación de la Oficina Ministerial de Transporte, luego de que la Organización de las Naciones Unidas recomendó la construcción del Metro de Caracas que, tras un concurso, estaría a cargo de compañías francesas.

La prensa de ese día fue una tarjeta de felicitaciones para la ciudadanía. Ascensores OTIS de Venezuela, Seguros mega, Ede, Empresas Polar, todos querían formar parte de ese momento que marcaria un antes y un después en la manera de movilizarse en la ciudad.

Con su inauguración se celebrarían los 25 años de democracia en Venezuela. La propaganda –que comenzaría tres años antes- llamaría al evento “La solución para Caracas” y “el gran logro de la democracia” y estaría acompañada con un decálogo del buen usuario, recomendaciones para el uso correcto de las instalaciones y una columna sobre todo lo que el caraqueño podría hacer, a partir de ahora, con el tiempo que ahorraría gracias al metro.

En un lugar de la ciudad se reúnen un grupo de amigas. Antes de saludar, la última en llegar lo primero que dice es “logré sobrevivir al metro”. Se suponía que esa sería una reunión de estudios, pero en un segundo la conversación se transformar en un debate de violencia de género. Ellas protestan. Están asqueadas del señor que se recuesta detrás de ellas  en el vagón, del que no le quita los ojos del escote y de sentir manos extrañas cerca de su cuerpo.

Una de ellas cuenta que hace unos días una amiga iba en el tren. Sintió que algo cae sobre su pierna y cuando revisa descubre que es semen. El hombre que estaba detrás de ella se masturbaba a sus espaldas y cuando ella lo vio se bajó del vagón inmediatamente. Pero nadie lo vio. Nadie hizo nada. Tal vez porque la multitud impide ver o porque realmente a nadie le importa. A ella solo le quedó limpiarse y echarse a llorar.

Se abren las puertas, estación gato negro. Entra una mujer, bebé en brazos y una niña de unos seis años de la mano.  Su ropa está sucia, la de las tres. Llevan el pelo despeinado amarrado en una cola rápida. Sus caras brazos y piernas están negras. Pareciera como si el sucio –de días- se fuera impregnado en su piel.

Son las 5:00 pm. La mujer comienza a explicar que aunque trabaja como señora de servicio el dinero no le alcanza, que sus hijas tienen hambre y por ellas es capaz de hacer cualquier cosa, hasta humillarse.

Son las 5:00 pm, la gente regresa a su casa tras un día de trabajo.  La mujer sigue hablando pero nadie la mira, tampoco nadie le responde. Sus palabras se pierden entre las conversaciones de los pasajeros y el sonido del tren.

Son las 5:00 pm, justo la hora de la cena. La niña de uno de seis años ha abandonado a su madre y a su hermana menor, que se abren paso entre la multitud del vagón. Pero ella no pudo. Está parada inmóvil en mitad del tren. Frente a ella una mujer revisa su celular, absorta de lo que está pasando.

—Disculpe, señora ¿podrá regalarme un pedazo de pan?

Por un momento el celular dejo de importar. Sacó de la bolsa una canilla completa y se la entrego a la niña de manitos sucias frente a ella.

Todo vino junto: el brillo en sus ojos, la sonrisa y las bendiciones a esas manos desconocidas.

Después hubo voces. Gente que comenzaba a murmurar, aquellos que querían colaborar con dinero y quienes comentaban que “la vaina está dura como para andar ayudando”.

La voz de la madre llama a la niña entre la multitud. No hubo tiempo para recoger dinero. El reloj marcaba las 5:00 pm, justo la hora de la cena y ya la mesa estaba servida.

De 1999 al 2010 se perdió la continuidad de ejecución del Metro de Caracas. En esos 11 años se debieron construir 31 estaciones, de las cuales sólo se hicieron 12.

60 fallas se presentan al día junto a un retraso de 1:40 minutos, dice el informe de la Alcaldía Metropolitana en el 2010. Y aunque la página del Metro del Caracas te informa sobre el retraso en cada una de las líneas es inútil revisarla, nunca está actualizada.

En el 2010 comenzaron a hacerse más fuerte las quejas de los usuarios por las fallas del metro a través de las redes sociales. Para esa fecha, los vagones traídos de Francia tenían 28 años de funcionamiento, su tiempo estimado de vida útil era de 25. En el 2013 son sustituidos los vagones por 44 unidades traídas de España que permitirían transportar a 1.708 pasajeros. Los antiguos vagones franceses pasarían a ser utilizados en las líneas 2 y 3.

Sin embargo, problemas de infraestructura fueron aumentando, así como el descontento de la población que comenzaba a acusar a los trabajadores del metro de sabotear su funcionamiento.

En el 2010, Elías Jaua pide disculpas a la población por las fallas del sistema, mientras que el sindicato de trabajadores del Metro de Caracas informa en un comunicado que los problemas del servicio se deben al mal mantenimiento de las instalaciones por la falta de presupuesto. Al mismo tiempo, la Comisión de obras y servicios del cabildo metropolitano de Caracas dice haber avisado repetidas veces a las autoridades del deterioro de la infraestructura sin recibir respuestas.

Y pese a tanto, hay actos de amor entre una estación y otra, entre los timbres del vagón que anuncian el cierre de las puertas.

Se ven madres que le compran chupetas a sus hijos –a un vendedor ambulante- por lo bien que se ha portado en el día. El padre que le enseña a leer a su hija entre el vaivén del tren y  la invita a aprovechar el viaje con un libro. Todavía está el que cede el puesto a una mujer embarazada o a un abuelo entre la multitud de la hora pico, aunque eso signifique no volver a sentarse.

También están los que amenazan. Los que lastiman y ofenden. Los que aguardan en los andenes o en las escaleras para adueñarse de lo ajeno a la fuerza o en silencio. Como sea necesario, no importar la forma, mucho menos la víctima.

Y pese a todo el Metro sigue estando ahí. Sigue estando presente. Entre grises oscuros y a veces blancos, manchados por el tiempo y los 480 millones de píes que lo pisan cada año.

Es esa hormiguita obrera que continua trabajando cuando el resto de la ciudad duerme, entre las 12:00 am y las 4:30 am. Calculando y reparando los daños del día, se prepara para el próximo turno, para recibir a los usuarios que, dentro y fuera de las instalaciones, le declaran su odio aunque no saben qué sería su vida sin él.

Despues de todo, ha sido una amistad de 33 años. Desde el momento de su inauguración el Metro se convirtió en el compañero fiel de la ciudad de Caracas. Ese que sigue estando ahí, que se mantiene constante pese al paso de los años. En los momentos buenos y los no tan gratos.

Precisamente, en los momentos malos. Esos en los que todos lo odian tanto que quisieran que lo demolieran… pero lo usan y lo siguen usando a diario, entre las fallas eléctricas y la ausencia de aire.

En el fondo todavía sigue sonando el verso del poeta. Ese que puso al harpa las cuerdas de oro y en su garganta recogió un ruiseñor para cantarle a Caracas. Cuando todos se bajan y las puertas cierran todavía puede escucharse la serenata “es que yo quiero tanto a mi Caracas, que mientras viva no podre olvidar sus cerros, sus techos rojos, su lindo cielo,
las flores de mil colores de Galipán”.

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