Una travesía con la tropa de Cayaurima

Cánticos, risas, diversión y mucho aprendizaje es lo que caracteriza a esta unidad del movimiento escultista. Con el lema “educación para la vida”, un fin de semana lleno de experiencias refleja la relevancia de este proyecto internacional que busca formar mejores ciudadanos

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Grupo Scout Cayaurima – Tropa Femenina | Foto: José Iglesias

Por: José Manuel Iglesias

El sonido de un silbato advierte a los líderes de la tropa. Rápido toman sus bordones –un bastón hecho con madera que los identifica como guías– y emprenden su carrera hacia Mitchell Contreras, uno de los dirigentes, que se encuentra en lo alto de un pequeño muro de cemento. “Siempre listo”, es la frase que resuena 6 veces. “Siempre listo”, acompañado de una señal con la mano derecha, (donde los tres dedos juntos simbolizan los principios del grupo –Dios, patria y hogar–, y el dedo pulgar sobre el meñique, representa la protección del fuerte sobre el débil) es el reconocimiento que les da por atender al llamado.

Son las seis de la tarde y el día del grupo scout Cayaurima había iniciado hacía tan solo cuatro horas. En todo ese tiempo, ya habían recorrido a pie más de 3 kilómetros para llegar al Noviciado Salesiano “Sagrado Corazón de Jesús”, ubicado en San Antonio de los Altos, y entablado conversación vía web con otros scouts de Argentina, Chile, Costa Rica, Estados Unidos, Francia y Portugal, por solo nombrar algunos de los tantos países que se encontraban festejando en simultáneo el Jota Joti.

—Tropa, quiero que empiecen a montar sus tiendas —demanda Mitchell—. Tienen treinta minutos para eso, ¿entendido?

—¡Entendido! —responden al unísono mientras el llamado de cada grupo retumba con fuerza.

Varios gritos hacen eco en todo el lugar. “Linces”, “Águilas”, “Jaguares”, “Lobos”, “Panteras” y “Zorros” se escuchan como señal de orden. Ese es el nombre que cada patrulla eligió para sí. El emblema que identifica a cada grupo, según las características de sus miembros y con el que crean el cántico de lucha que los diferencia de sus compañeros. Al compás de cada uno de esos títulos, tanto las tres tropas femeninas como las tres masculinas, corren enérgicamente por toda la cancha de tierra donde pernoctarán esa noche. Rodeados por la montaña en donde se encuentra el noviciado, los grupos se hallan eligiendo los mejores lugares para instalar sus tiendas de dormir antes de que la luz del ocaso se termine.

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Parte del Clan en el Noviciado| Foto: Grupo Cayaurima

Después de unas breves instrucciones, todos empiezan a trabajar sin descanso. Son chicos con edades entre los 12 y los 15 años, pero la sensación de competencia se siente en el gélido aire que acompaña el momento. El equipo que termine primero obtendrá una serie de puntos que los hará vencedores –o vencidos–, una vez finalice la jornada. Las tareas son divididas. El compañerismo y la hermandad, valores fundamentales en la vida de un scout, son los pilares que sostienen a cada tropa para la consecución de su tarea.

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Nacidos bajo las directrices que Sir Robert Baden-Powell introdujo en Inglaterra hace más de 100 años para la formación de mejores ciudadanos, el Movimiento Scout –o escultismo– surge como una alternativa educativa no formal. Se basa en una metodología inspirada en la vida militar y en el contacto con la naturaleza. Busca el desarrollo de las capacidades físicas, mentales y espirituales de los jóvenes a través de actividades enfocadas al aprendizaje en valores y en el servicio a la comunidad.

Eso explica la rígida –pero no menos animada– marcha que realizaron desde el Centro Comercial OPS, ubicado en la Av. Francisco Salias, hasta el Seminario de los Salesianos; o el orden que mantuvieron en el cyber –que elogió el encargado del establecimiento– antes de eso, cuando hicieron uso de las computadoras para participar en la actividad mundial del Jota Joti, evento donde los grupos scouts se comunican vía Internet o por contacto radiofónico, con colegas de otras latitudes.

—Un Scout es amigo de todos y hermano de cualquier otro scout —asegura Hadde Briceño, Dirigente de la Tropa Femenina, mientras comenta esta ley fundamental del movimiento y la importancia de la actividad del día.

Actualmente, los scouts cuentan con más de cuarenta millones de miembros a lo largo de los 165 países y territorios. En Venezuela, los primeros pasos de esta iniciativa datan del año 1.913 en Maracaibo, y a poco más de un siglo de ese momento, el movimiento tiene presencia en 21 estados, con 222 grupos registrados en la Asociación de Scouts venezolana y totaliza un aproximado de 14.624 miembros según el Informe Nacional de Gestión Scout 2015.

A todo ese universo, el grupo Cayaurima, fundado en el 71’, aporta un aproximado de 65 miembros –entre niños, jóvenes y adultos voluntarios–. Sus años de trabajo constante en la comunidad, les ha valido ser declarados como Patrimonio Cultural del Municipio Los Salías, explica su actual Jefa de Grupo, Yelitza Key. Quien detecta como un problema la escasa difusión que tiene el movimiento a nivel nacional. “Aunque la gente tiene idea de qué son los scouts, no saben qué tanto podemos contribuir a la formación de sus hijos”, asegura.

Normalmente, el grupo capta nuevos reclutas porque éstos tienen algún amigo o familiar scout que lo invita a las actividades. Una vez llegan y se involucran, les gusta y se quedan. Ya sean niños de bajos recursos o de clase media-alta, en Cayaurima todos son recibidos y formados en las artes del escultismo. En la tropa –relata Key– se enseña a través de la experiencia. La también madre de un miembro (Miguel Pérez), dice notar el cambio que su hijo ha sufrido desde que inició en el grupo hace más de año y medio: “Es un muchacho de apenas 12 años que actúa responsablemente. Lo veo más maduro y con su rol de guía ya piensa en pro del beneficio de todos, como un líder”.

La diversidad se hace presente en el grupo, y todos logran convivir sin problemas. Un ejemplo de ello son las experiencias de Grace Bryson o de Kevin Chirinos: la primera tiene 4 años formando parte de los scouts; el segundo, apenas tres semanas. Ambos manifiestan su emoción por el movimiento y la calidez con la que los han recibido, donde su formación ha ido más allá de un fin de semana en compañía de niños con sus edades. “Ser scout es más que un uniforme, es un estilo de vida. En cualquier ámbito, somos niños comprometidos que están dispuestos a ayudar a los demás”, puntualizan el par de jóvenes.

Y es que la enseñanza que los scouts imparten, no tiene por qué divorciarse de otras actividades o agrupaciones que los chicos tienen en su vida diaria. Tanto así que –Yelitza y otros dirigentes del grupo Cayaurima–, consideran que, si se logra multiplicar el alcance del movimiento, se garantizará un crecimiento en valores para el desarrollo de la sociedad.

∞∞∞

Hace rato que la noche cayó en el lugar. La fría brisa sopla con más fuerza, pero cada persona –bien abrigada con su suéter– se encuentra entretenida en algo: reunidos en pequeños grupos, algunos de los muchachos y las muchachas conversan, otros dentro de sus tiendas toman el momento para descansar un rato o acomodar sus cosas. Al lado del lugar para acampar, un pequeño complejo bajo techo con una cancha de futbolito y una tarima de teatro, concentra a los dirigentes y las madres –de algunos de los jóvenes– que colaboran con el grupo: todos conversando, unos riendo y otros planeando las actividades nocturnas.

A las 7:30 de la noche inicia la cena, contrario a la imagen que la mayoría podría tener, no hay fogatas, ni malvaviscos, ni historias de miedo. Hay arepas, cachitos, panes y cualquier otra comida de preparación sencilla que llena el estómago. Daniel Portal –Subjefe de la Tropa Masculina– les da solo treinta minutos para ello, no hay tiempo para descansar. Aún quedan muchas horas y actividades de la jornada scout, entre ellas: la fiesta sorpresa.

Era el cumpleaños de Saori –una de las chicas con más edad de la tropa–. Su transitar durante el día, quizá fue uno de los más difíciles. Ha resentido de un dolor en la rodilla derecha durante el largo, y a veces empinado, camino hacia el lugar de la pernocta. El apoyo no le faltó. Dos de sus compañeras y uno de los muchachos, también de los más grandes de la tropa, hicieron de bastón para que ella se apoyara y aligerara un poco el esfuerzo en su pierna. Cuando llegó, aún con molestias, realizó sus labores como scout y no se quejó ni protestó en algún momento. Como bien rezan sus leyes: siempre serviciales.

Los jóvenes se aglutinan en la cancha de futbolito, y llaman a Saori de imprevisto. Ella se acerca sin tener idea de lo que pasaba. La multitud se separa y ella es empujada hasta el centro del grupo: la recibe una pancarta con mensajes de la tropa y una torta de chocolate y fresas. Empiezan a cantar: “Ay, qué noche tan preciosa. Es la noche de tu día, todos llenos de alegría…” y su semblante refleja que el acto la alegra y la apena al mismo tiempo. Muchas sonrisas, alteraciones a la letra de la canción y gritos de “quiero torta”, sonaban por doquier. El camino de Saori, a pesar de las dificultades, ha dado frutos.

Un llamado a formación hace que el grupo se alinee en una fila, esperando su porción de torta. La mano: la mejor de las servilletas para llevarse el dulce a la boca. Con la cuota de dulces saldada, ahora tocan unas cuantas dinámicas.

∞∞∞

El clima empeoraba. La neblina avisaba el bajón de la temperatura y las nubes cargadas hacían eco de una lluvia que se aproximaba. No obstante, los chicos estaban ocupados en sus actividades. La tropa femenina, guiada por Hadde, hacía la presentación de sus especialidades (una breve exposición de qué quieren ser en el futuro y por qué) y los chicos hacían competencias físicas de la mano de Daniel y un miembro del Clan –la rama de mayor edad en el grupo, de 16 a 21 años–. Una vez terminadas las actividades, el grupo se dispersa a hablar por cualquier lugar. Desde la cancha techada, Mitchell los observa.

—No se cansan con nada —dice.

—¿Los mandamos a dormir? —pregunta Sulimar Mora, otra de las Subjefas de la tropa femenina.

—Aún es muy temprano —responde mirando su reloj—. Si les decimos eso, van a terminar acostándose a la una de la mañana.

Mitchell decide tomar los bordones y se marcha a esconderlos por toda la zona. Mientras tanto, Hadde, Daniel y Sulimar conversan sobre lo que ha pasado en el día. La conducta de Alan, un niño recién ascendido desde la manada –la rama más pequeña, con miembros de 7 a 11 años– a la tropa, que durante la caminata estuvo reacio a ir al lugar; o sobre el comportamiento que han tenido varios miembros de la patrulla. En breves instantes, Mitchell vuelve y hace sonar su silbato, llamando a los líderes.

—Tropa, escondí sus bordones. Vayan a buscarlos y tráiganlos, la patrulla que obtenga más ganará dos mil puntos —indica el Scouter.

—¿Alguna pista? —pregunta Miguel, guía de los Zorros.

—Están de aquí para acá —señala Mitchell con las manos desde su posición hacia el frente.

—Gracias, Scouter.

30 minutos pasan y falta un bordón que no ha sido encontrado. Todos se impacientan y Mitchell comenta que los había ocultado en lugares sencillos. Los líderes vuelven hacia su dirigente por más pistas y éste se cansa de la espera, indicando la zona exacta: “está detrás de aquél árbol”. La victoria se la llevan los Lobos, pero antes de poder hacer algo más, un estruendoso rayo advierte que una fuerte lluvia ha llegado.

El torrencial aguacero empieza a caer sin contemplación. El golpeteo de las gotas da por concluida las actividades nocturnas, mientras la tropa se resguarda en sus tiendas. Los Dirigentes se acomodan en la tarima techada: solo unos sacos para dormir les bastan, aunque antes deben dar por seguro que todos estén bien. Casi es medianoche, pero tanto Daniel como Mitchell –cubiertos por un impermeable– se turnan para salir afuera y ver las condiciones de las carpas de acampar y el estado de los chicos.

—Hay unos grupos que las montaron mal, van a mojarse y vendrán corriendo para acá —menciona Mitchell confiado a los otros dirigentes.

Sus palabras son el reflejo de la realidad. No ha transcurrido ni 15 minutos cuando toda la tropa masculina va parar a la cancha techada, las niñas también hacen lo propio. No es el contratiempo en sí, la tropa quiere mojarse y divertirse un rato. Sus caras llenas de sonrisas y miradas inocentes son la mejor prueba de que, para ellos, eso solo es una travesura. La última de la noche.

∞∞∞

Al ritmo de “y uno y dos y tres y un, dos, tres”, la tropa realiza unos ejercicios de estiramiento para despejar el sueño. Son apenas las 6:30 de la mañana y aún quedan unas horas de ese fin de semana scout. Bajo la mirada del Padre Felipe Colmenares, que visitó al grupo varias veces durante su estadía en el Noviciado, los chicos desayunan rápidamente para luego ir a desarmar las carpas y ordenar sus cosas, previa orden de los dirigentes.

El clima está fresco y hay un poco de neblina todavía. Momento perfecto para unas ocho partidas de futbolito en la cancha de cemento, o entretenerse jugando la araña en la zona contigua. Con pura diversión las horas comienzan a pasar y aunque su viaje está casi por terminar, no finalizan sin antes dejar una de esas acciones que los caracterizan y los diferencian de otras agrupaciones. Guiados por sus dirigentes, la tropa se junta para limpiar y recoger cualquier objeto que ensucie el lugar, honrando una de sus leyes más importantes: cuidar y respetar a la naturaleza.

La ruta de regreso inicia nuevamente. Felices de haber ganado la jornada por puntos, las Jaguares y los Lobos, lideran el viaje junto con Hadde. La hilera de jóvenes que va descendiendo por la calle Los Pinitos, destaca por su camisa de botones tres cuartos de color verde césped –típico uniforme scout–  y la pañoleta amarilla con azul que adorna sus cuellos, tonalidades que identifican al grupo. El primero habla de la riqueza espiritual de sus miembros, tan radiante como el sol que los acompaña a diario; el segundo, hace alusión al cielo bajo el cual realizan su buena acción diaria.

Estos scouts deben su nombre al Cacique Cayaurima, un indígena Cumanagoto del oriente del país que luchó para defender sus tierras tras la llegada de los españoles a las costas venezolanas… Muchos siglos después, la lucha estaba en la parte final de fila que se dirigía de regreso a San Antonio de los Altos. Era Daniel con Carlos Mauricio –otro integrante de la tropa masculina– que, durante todo el camino, se atrasa a propósito. Ante ello, el dirigente le dice: “camina rápido”, “no te quedes atrás”, “te voy a dar un coscorrón si te alcanzo”. El niño avanza corriendo, y breves instantes después se queda rezagado adrede para ser perseguido por el subjefe y volver a huir. El ciclo se repitió un largo trecho.

—Eso es lo que les gusta a ellos —dice Daniel jadeando—. Nosotros estamos aquí para enseñarles y formarlos en valores, pero no podemos regañarlos ni ponernos como ogros. Les damos las instrucciones y hacemos que entiendan, así sea a través de un juego… Mira, ahí está esperando que vaya tras de él —expresa mientras señala a Carlos Mauricio—.  Son niños, deben divertirse y aprender en el proceso.

Caen las 10 de la mañana y el grupo arriba a la Plaza Bolívar del pueblo. Ahí esperaban los padres para buscar a sus hijos, que no paran de moverse de un lado a otro despidiéndose entre ellos. Un apretón de manos con la izquierda, es la expresión más recurrente entre los miembros. Un mito scout dice que saludar con esa mano, significa bajar la guardia dejando descubierto al corazón, como un gesto de buena voluntad que termina siendo otra de sus premisas: “ciframos nuestro honor en dar y merecer confianza”. Así, después de una aventura de casi 24 horas, cada miembro de la patrulla vuelve a su casa lleno de valores y con ganas de poner en práctica su formación, esperando que llegue el próximo sábado para seguir aprendiendo “eso de ser un scout”.

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