José Bestilleiro, su trabajo es un juego

Hace más de 13 años trabaja como malabarista en La Candelaria. Es admirado por su habilidad con el hula-hula a su avanzada edad

Son cerca de las cinco de la tarde y la avenida Urdaneta del Centro de Caracas se encuentra abarrotada de carros y camionetas aglomeradas en el semáforo que se encuentra en frente de la plaza La Candelaria. Donde miles de personas transitan para acercarse a sus hogares luego de una larga jornada de trabajo o estudio, según sea el caso.

Justo en ese alboroto vespertino, donde el humo de los autobuses y las cornetas de los carros sumergen a los transeúntes en una atmósfera rutinaria, un señor de avanzada edad rompe con el agrisado panorama. Canoso, medio calvo, con un koala amarrado a su cintura, hace aparición en la isla de concreto que divide la principal arteria del centro de la ciudad. Toma un colorido hula-hula y lo hace girar con su cintura, brazos, piernas y hasta su cuello, las personas lo observan con una expresión de asombro y extrañeza en su rostro.

Su nombre es José Bestilleiro, original de La Coruña, España. A pesar de que lleva gran parte de su vida en Venezuela, su acento españoleto se mantiene intacto, como si él hubiese pasado por Venezuela, pero el país no por él. A sus 83 años goza de unas destrezas motoras sorprendentes, lo cual despierta la admiración de más de un transeúnte de la zona, al observarlo haciendo cualquier cantidad de malabares.

Es precisamente su talento para hacer girar el aro y su aspecto físico lo que lo han hecho merecedor de varios apodos dentro del ambiente caraqueño: “el señor del hula-hula”, uno de los más conocidos; “el rey del hula-hula” o “medio bigote”, debido al mostacho a medio afeitar que tiene en su rostro, son algunas de las formas más comunes para referirse a este personaje.

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Sin embargo, detrás de esa cómica fachada, aguarda la historia de un hombre que sale todos los días a buscar el pan, a través del único medio que tiene para lucrarse: su aro de hula-hula.

A raíz de la crisis que se vive en Venezuela actualmente, el mercado de la economía informal se ha potenciado, incrementándose notablemente la cantidad de personas que hoy en día utilizan esta vía para beneficiarse de alguna forma, así lo comenta Santiago Márquez, profesor de Economía de la Universidad Central de Venezuela.

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), América Latina  tiene aproximadamente 130 millones de personas que se dedican a la economía informal.

No importa si el semáforo está en verde o en rojo, mientras José está sobre esa pequeña isla de concreto, de la que se adueñó hace 13 años, el hula hula nunca deja de girar. En ocasiones, los transeúntes que cruzan la calle son los que le aportan alguna colaboración, en otras, los carros que quedan justamente a su lado de la acera le acercan algún billete por la ventanilla.

“El paso de personas solo cesa por 40 segundos, cada minuto y medio, tiempo que regala el semáforo para que se luzca. Y así lo hace”, describe un reportaje del diario Panorama.

José recibe las colaboraciones devolviendo a cambio bendiciones, junta los billetes con otro pequeño fajo, los dobla y los guarda en su koala.

Una entrevista de la revista Dominical detalla que la función de José es, según sus propias palabras, hacer la cola más ligera y amena, a la par que contribuye con el pesado tráfico de la urbe.

La lluvia torrencial que caía fue la excusa perfecta para sacar a José de su lugar de trabajo e iniciar una amena charla sobre las vivencias que ha experimentado en su larga carrera como malabarista, y de su vida en general. “¡Pues vamos para allá!”, dice señalando la acera de en frente. Agarra sus dos aritos y cruza la calle, en busca de un refugio ante la lluvia.

La tertulia comienza hablando acerca de la motivación que lo llevó a dedicarse a esto por más de 13 años en la parroquia de La Candelaria.

− ¡Anda! Pues que a mí me gusta jugar al hula, antes lo hacía en la plaza pero ahora estoy aquí porque los niños me rompían los hula y las cuerdas, porque yo también saltaba cuerda y les enseñaba a ellos.

Mucho se ha reseñado en los medios de comunicación sobre si José hace lo que hace por dinero o simplemente porque le gusta, sin esperar nada a cambio. “Ahorita trabajo jugando al hula”, fue su respuesta.

− Antes de eso trabajaba vendiendo gasolina, pero el humo me dañó los pulmones. La única forma de ganar dinero que tengo, el único recurso es jugar al hula, y me da para medio sustento –relata.

Para el antropólogo Benjamín Tortoza, uno de los factores que incide en que las personas se decanten por el mercado de la economía informal en detrimento de empleos formales, como por ejemplo cargos en empresas, tiendas, entre otros, tiene que ver con el poco acceso a las fuentes de trabajo y las escasas oportunidades.

“Si las condiciones estructurales de la sociedad no permiten el acceso a una fuente de trabajo estable o a la inversión de un negocio propio dentro de los estándares legales, las personas tienden a la creación de nuevas formas de ingreso, incluyéndose así a la esfera del negocio informal”, puntualiza Tortoza.

Ángel Ramírez, profesor de Estadística de la UCV explica que el encargado de llevar las cifras de la tasa de incremento de la economía informal en el país es el Banco Central, pero por el momento no está publicando cifras correspondientes a ningún tema.

 Con los ingresos que José logra generar trabajando con el hula-hula apenas le alcanza para vivir. “Más o menos me da para los gastos, porque la vida ahorita está muy cara” refiere.

Ramírez apunta que la economía informal es un mercado bastante incierto en el que los ingresos no son seguros. “Yo cobro hoy, mañana no sé”, sentencia.

José no recibe apoyo económico por parte de su familia, al contrario, cuenta orgullosamente que él es el que les ayuda a ellos con las cuentas.

− Más bien yo le ayudo a ellos, a mi hija por lo menos. Porque yo tengo que contribuir para que podamos comer con lo que saco del hula-hula.

Aunque actualmente cuenta con el apoyo económico de la pensión para la tercera edad por parte del Estado venezolano, José ha tenido que buscar otra vía de ingresos para poder cubrir los gastos de él y su familia. “Ahorita la pensión la subieron a 15.000 Bs. Mensuales. Los repartes en el mes y son 500 Bs. diarios, ¿cómo vivo yo con esos reales?”, argumenta.

Santiago Márquez, profesor de Economía de la UCV indica que una de las mayores carencias que atraviesan las personas que se dedican a la economía informal es que no poseen los beneficios de un seguro social, liquidaciones ni la protección de una empresa que responda a la hora de un accidente.

Sin embargo, pese a las dificultades que pueda experimentar, José no ha dejado de ir un solo día a su puesto de trabajo. “Yo estoy enfermo de los pulmones, de las articulaciones y tengo un quiste en el cuello”, comenta.

En ese momento alza las manos a la altura de la espalda y estira el cuello de su camisa, enseñando el tumulto carnoso que le sobresale de la nuca.

− Es un quiste que tengo controlado, tiene más de 13 años ahí. Lo puyo con agujas y  hojillas, y lo quemo con un yesquero. Agarro un espejo con una mano y con la otra el yesquero –explica.

José cuenta que ha dejado de tomar gran cantidad de medicinas que son rutinarias por las afecciones que padece. “Prefiero quedarme así, vivo así”, ratifica.

A pesar de que su ocupación consiste en jugar al hula, considera que su trabajo es tan serio como el de cualquier otra persona, y se lo toma como tal.

Un policía de tránsito cruza la calle y se incorpora a la acerca, José lo saluda agitando la mano.

“La policía vive corriéndome de aquí pero yo no me voy, llevo 13 años aquí y desde entonces me corren siempre que me ven, pero yo no les hago caso”, admite con cierta picardía en la mirada.

En todo el tiempo que José lleva en el semáforo de la plaza La Candelaria, nunca ha tenido problemas con ningún vendedor o demás personas que conviven en su improvisado entorno de trabajo.

− Yo me la llevo bien con todo el mundo porque no le hago daño a nadie.

“El churrero, el quiosquero, el vendedor de cotufas y los fiscales de tránsito saben que a partir de las tres de la tarde, José llegará a la isla de la avenida, y no la abandonará por un espacio de tres horas”, expresa un reportaje web de El Estímulo.

− Trabajo todos los días sin descanso. Antes estaba en las mañanas, casi todo el día, ahora no.

Con cierto descontento en su rostro explica el motivo por el cual ya no trabaja a tiempo completo en el semáforo de la plaza.

− Ya estoy medio aburrido, medio cansado de andar ahí haciendo lo mismo todos los días desde hace 13 años. Pero a veces la gente se me que queda viendo y eso me motiva. Me alegra que me vengan a entrevistar y salir en el periódico me da ánimo a seguir haciéndolo.

Un artículo publicado en el diario El Nacional manifiesta que “el hombre del hula-hula” encuentra en esta actividad su razón para seguir vivo.

José llegó a Venezuela cuando apenas tenía 25 años, dejó a su familia en España y se vino él solo, a explorar nuevos horizontes.

 − Vine para Venezuela porque en aquel tiempo España estaba arruinada de la era de Franco. Yo estaba aburrido en mi casa y quería salir a buscar nuevas formas de descubrir el mundo, nuevas formas de vivir y me vine para acá.

 Fue en esta tierra que conoció a la mujer que sería su esposa, también de origen español, y con la que tendría una hija que le daría tres nietos. Al hablar de su vida en España se le nota la nostalgia en su rostro, es la expresión de alguien que recuerda su pasado con mucho cariño, pero sin ganas de volver a él.

− Yo trabajaba en el campo, sembrando cosecha. Quedé sin padre muy jovencito entonces tuve que enfrentarme a los trabajos de hombre a muy temprana edad.

A José le encantaba jugar fútbol pero nunca pudo dedicarse a eso profesionalmente. Se confiesa fanático del Real Madrid.

 −Cuando era pequeño jugaba, pero era algo que no era profesional. No pude dedicarme a eso porque tuve que trabajar desde pequeño. Yo era el portero, todo el mundo me escogía de primero cuando nos repartíamos para jugar –recuerda emocionado.

Uno de los transeúntes que se encontraba en el mismo toldo esperando que escampara interviene en la conversación. “No sabía que era él al que le estabas haciendo la entrevista. Tengo mi restaurante de comida china en el centro comercial que queda aquí diagonal y los ocho años que llevo ahí siempre lo veo en el semáforo, con el hula-hula. Es un personaje de La Candelaria”, relata el hombre.

El término “personaje” sirvió para introducir el tema del por qué su curiosa apariencia de bigote, por el que también es reconocido en el entorno caraqueño. José se ríe.

−Porque eso es para distinguirme, la gente se pone loca porque me falta medio bigote por un lado y media patilla por el otro, y me da risa –suelta una carcajada.

Para los habitantes de La Candelaria, José es un ícono representativo de la comunidad. “Las personas que vivimos aquí lo reconocemos y apreciamos su trabajo”, admite Andrea García, habitante del sector.

“Me encanta saber del hombre del hula hula, porque por más de cuatro años lo vi y nunca supe por qué se dedicaba a jugar con ese aro. Lo hace con tanto esmero y dedicación que es digno de admirar”, confiesa Mirelis Morales en su blog “Caracas ciudad de la furia”.

La conversación con José está por culminar y solo una pregunta lo hace retomar la charla, “¿está feliz con su vida actual?”.

− Estoy tranquilo, tengo muchas dificultades, todo esto está muy mal acomodado. Ya yo no tengo ganas de vivir mucho. Estoy a punto de morir, uno no tiene vida eterna, si fuera una persona joven y sana, es distinto.

Se produce un silencio sordo en el que baja la mirada y al instante sale de la tonalidad de la entrevista. “¡Listo! Escampó. ¡Sácame fotos entonces!”, invita a que lo siga mientras se aproxima al semáforo.

Se sube al muro con sus dos aros, uno se lo coloca en un brazo y otro en la pierna, empieza a darles vuelta al mismo tiempo que posa para las fotos. Es ahí donde este personaje derrocha risas, bendiciones y por supuesto, talento. Allí se erige “el señor del hula-hula”.

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