Instituto Pedagógico de Caracas: Los maestros que no quieren aula

La casa de los maestros funciona a media maquina

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Instituto Pedagógico de Caracas. Foto: cortesía Portal Siso Martínez.

El “maestro Pedagógico” se queda sin estudiantes. La poca matricula y la falta de vocación profesoral debilita cada día más el oficio. Ser educador queda como el “peor es nada” de las carreras universitarias.

–  ¿Alguno de ustedes quiere dar clase?

Silencio. Risas nerviosas. Los tres muchachos se miran entre sí. Nadie responde. Es su primer día de clases en el Instituto Pedagógico de Caracas (conocido por sus siglas, IPC), cuna de los grandes maestros de la educación venezolana. Las escaleras de caracol que conectan los once pisos – más la planta baja- del edificio central están abarrotadas. De los siete ascensores que hay, solo tres funcionan, y las colas para subirse a ellos llegan a la puerta del edificio.

– ¡Solo 8 personas caben! – grita la ascensorista, desde su silla en la entrada del ascensor.

Alguien se atraviesa en la pequeña escalera, alguien más grita. A un lado, frente a las carteleras, se aglomeran los estudiantes de las 21 especialidades de educación, mientras revisan los horarios del nuevo semestre. En la plaza central, se ve y escucha el reencuentro de los amigos que no se han visto en más de un mes.

En el centro de copiado, o “donde Violetta” (su dueña, estudiante de artes plásticas, representante estudiantil y defensora de las causas perdidas), las 20 computadoras con Windows XP que ocupan la sala están todas ocupadas por estudiantes revisando planillas de inscripción.

– Bueno, vamos a ver. De repente si me termina gustando. – dice uno de los muchachos.

Los otros se ríen. No saben que decir.

La educación para otra cosa

Luis es uno de los muchachos que no responden. Es aún muy joven: tiene 18 años. Después de dos años de esperar un cupo en la Universidad Central de Venezuela para estudiar Economía o Administración que nunca llegó, decidió inscribirse en “eso de la educación física” en el IPC.

Hizo las pruebas físicas, llevó sus papeles y quedó. Educación Fisica es la única especialidad en la que aún se realizan evaluaciones a los posibles prospectos. Si tiene una rodilla dañada, ni se le ocurra intentarlo. Luis entró a la universidad porque sus padres insisten en la necesidad de tener un titulo. Ese papelito, según su papá, le va a salvar la vida.

Luis juega fútbol desde los 11 años. Por eso eligió Educación Física como mención universitaria. Pero no porque quiera enseñar en una escuela. No, no. Luis quiere ser entrenador de futbol, porque les pagan muy bien y además puede ser parte de su amado juego por un ratico más, lo que ya no puede hacer como futbolista.

– Igual estaría enseñando, solo que no en liceos o sitios así.

A Luis no le llama la atención el sueldo de un docente. En medio de un conflicto universitario que supera los tres años en etapa crítica, y que no parece tener un final cercano, los sueldos profesorales siguen siendo un punto álgido de discusión.

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Entrada IPC. Cortesía: Núcleo CDCHT.

Para Dacil García, profesora del IPC y coordinadora del Curso de Inducción Universitario de la institución, estas son algunas de las razones por las que los estudiantes de educación no se ven atraídos por el ejercicio profesoral. Las presiones de papi y mami pueden ser suficientes para entrar a la universidad y estudiar, pero no siempre lo son para dar el empujón hacia el aula de clases.

Los sueldos tampoco ayudan. En ninguna de las esferas en las que el maestro trabaja (¡y mire que son muchas!), el salario y los beneficios alcanzan para costear lo caro de la vida. El salario actual de un docente de escuela recién egresado es de 20.011 bolívares, frente a una canasta básica que para julio alcanzaba (según Cendas)  los 466.00 Bs.

Ni el docente que pase 36 horas echándole pichón, con más de 15 años en ejercicio puede pagar un almuerzo en un restaurant, pues solo cobra 32,035 bolívares.

La profe Dacil, como la llaman sus estudiantes, explica que es difícil encontrar alumnos que entiendan y estén dispuestos a asumir la responsabilidad de ser profesor. Todos recordamos profesores que nos marcaron, por ser muy buenos o muy malos, y aunque no sea un recuerdo nuevo y hasta nuestros abuelitos tengan experiencias de reglazos con maestros de la vieja escuela, hoy parece verse más.

– Muchas personas que estudian educación lo hacen porque no tenían opción en otras universidades, o porque el promedio no les daba. No porque quieren.

El promedio de educación

– Miéntanme. Mientras ustedes estén aquí yo voy a asumir que todos aman dar clases, y que quieren ser profesores. Y ustedes me van a mentir y me van a decir que si.- dice el profesor de Inglés I el primer día de clases.

En el salón de paredes que en algún momento quisieron ser verdes, sus estudiantes se miran entre sí, se ríen, se hacen los locos. Nadie dice nada. El profesor sigue con su clase. Let’s keep going, dice, (o algo así).

Desiree está en ese salón. Tiene 23 años, y cursa cuarto semestre. Es su tercera vez viendo la materia. Estudia Inglés porque no sabía que más estudiar. En el liceo nunca la ayudaron a buscar una carrera universitaria.

– A mi mamá le dijeron que me llevara a un psicólogo para ver que quería estudiar pero nunca fuimos.

Vive en La Vega. En el barrio supo del Instituto Pedagógico de Caracas. Todas las vecinas de su edad estudian allí. Se interesó y para no quedarse sin hacer nada se inscribió en el Sistema Nacional de Ingreso de la Oficina de Planificación del Sector Universitario (conocido por sus siglas OPSU) y  con su promedio de 11 puntos, quedó.

Desiree no quiere dar clases. Dice que no le gustan los niños.

  • No aguanto ni a mis primitos.

Ella, como muchos otros estudiantes de idiomas del IPC (en el que también existe la mención francés), quiere trabajar en otra campo. Sueña con irse del país. Trabajar en una empresa. Cualquier cosa que no tenga que ver con niños.

A Desiree, tanto como a Luis, los asusta el sueldo de un docente. Sienten que no vale la pena pasar penurias y atender muchachos ajenos mientras cobran una miseria y nadie los respeta.

Es impensable para ella hacer estudios posteriores. Si para inicios de 2016 solo 10, 5% de los egresados de magister en el IPC (que fueron solamente 400 profesionales) eligieron especializarse en idiomas o ciencias, la cifra más adelante podría ser aún más baja.

El miedo a la ciencia

¿Cuántas veces raspó matemática, o física, o química en el liceo? Pues ahora no hay de qué preocuparse, porque no hay profesores de ciencias que la agarren con nadie. Para 2015  el Ministerio del Poder Popular para la Educación estimaba que se necesitaban 451 docentes de Matemática y  618 de Biología, Química y Física, para resolver el déficit de profesores en las instituciones educativas.

Para sumarle al problema, el Instituto Pedagógico de Caracas no está en capacidad de ayudar con la demanda.

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Protesta frente al IPC. Cortesía: Noticias UPEL.

Para Marlys Vásquez, profesora del instituto y coordinadora del programa de profesionalización, el problema de las áreas científicas no solo es del IPC. Todas las universidades tienen poca demanda en estas especialidades.

¿Por qué? Pues porque los demonios del pasado persiguen a los bachilleres. Vásquez cree que la principal causa de esta baja demanda es que el trauma que los profesores de las tres marías causan en sus estudiantes, los aleja de cualquier intención de estudiarlo.

Según los datos de matrícula de la institución, para el semestre en curso solo se han inscrito 36 estudiantes en Física, 90 en Matemática, 89 en Química, 180 en Biología y 78 en Ciencias de la Tierra, y que es muy probable que no todos se gradúen, pues muchos optan por pedir cambio a menciones más demandadas, como Preescolar o Educación Física.

Para 2015 se necesitaban 1.700 docentes para suplir la demanda de las instituciones educativas. El Instituto Pedagógico de Caracas, tiene una capacidad teórica de 9.000 estudiantes, que, por problemas estructurales y de materiales, se reduce a 7.000.

La cantidad de estudiantes inscritos en este semestre, incluidos los estudiantes nuevos, es de 3432; casi la mitad de los que deberían ser. Desde 2013, cada año el número de alumnos disminuye progresivamente.

Pero la escalera sigue abarrotada. Los tres ascensores siguen subiendo y bajando. Violetta sigue sacando copias. En la plaza se siguen escuchando los gritos. El maestro Pedagógico sigue adelante.

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