El arma de un vigilante

Contrario a lo que se piensa, para un vigilante su trabajo no es aburrido. Requiere habilidades que lo capaciten a estar atento a todo lo que ocurre a su alrededor. A lo largo de los años un vigilante puede aprender a través de la observación


A las 8:30 a.m. abre el Banco Mercantil de la avenida Victoria de Caracas, en el municipio Libertador. A esa hora exacta -siempre puntual- se encuentra Julio Romero Viloria dentro del Banco –su lugar de trabajo. Está parado en el punto exacto, ese en el cual es posible ver hacia la puerta de entrada, las taquillas del cajero y las escaleras que llevan al primer piso –todo al mismo tiempo– sin necesidad de voltear mucho la cabeza.

No dio con ese espacio por casualidad, él lo buscó. Después de recorrer durante 10 años cada rincón del banco, pudo reconocer los puntos ciegos y saber desde qué parte puede tener una vista panorámica de todo el lugar. Siempre con la intención de no alejar la mirada de la puerta principal.

–Inspección ocular, le llamo, y es muy importante para este trabajo –dice Julio mientras abre de manera exagerada sus ojos y con el dedo índice traza una línea recta imaginaria que va desde el rabillo del ojo derecho hasta la entrada.

Apoya el sensor de metales en su hombro izquierdo de manera que se puedan leer fácilmente las palabras “Vigilante de seguridad” que están estampadas en su chaqueta, cerca del pecho. Su uniforme es completamente negro y hace contraste con su blanca sonrisa –es la única manera de ver arrugas en ese rostro de piel morena, aun cuando tiene 65 años de edad.

Se mantiene de pie durante ocho horas diarias –cumpliendo con el horario del banco y tratando de no exceder el máximo de 11 horas estipuladas por la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras (LOTTT) en 2012–, pero no se muestra cansado. Y si lo está, sabe disimular sin mucho esfuerzo:

– ¡Hola, artista! –exclama cada vez que una persona se le acerca a preguntarle algo.

– ¿Qué opción es la de atención al cliente?

–Depende. Es la opción tres pero, ¿qué quiere hacer exactamente? –responde seguro de sí mismo, se nota que se sabe de memoria las opciones.

–Me dice algo de la clave cuando la meto en el cajero.

– ¡Ah, caramba! Tiene que meter una nueva clave, eso lo puede hacer por llamada telefónica. Eso es lo que le van a decir allá arriba –dice mientras señala con el mentón las escaleras.

–Gracias.

–No hay de qué –responde alegre como si cada “gracias” fuese la razón por la cual viaja de lunes a viernes desde La Guaira (su hogar) hasta Caracas. Sale muy temprano en las mañanas para llegar puntual a su puesto de trabajo y comenzar con la rutina.

***

En 2013, Daniel Goleman –estadounidense– escribió un libro titulado “Focus” en el cual elogia el poder de concentración de un vigilante. Julio Romero no ha leído ese libro, pero si lo hiciera seguro diría que faltan otras características que él posee y no se han escrito: “cortesía, amabilidad y una buena sonrisa”.

– ¡Ah! Y claro, un buen léxico. Porque “usted” es mejor que “tú”, ¿verdad? –dice sonriendo mientras explica que eso es lo que le permite dirigirse a las personas para repetirles lo mismo de siempre sin que crean que les falta el respeto.

En ese momento un hombre entra al banco con gorra, Julio se dirige hacia él y le dice “por favor, quítese la gorra”. El hombre lo ignora, Julio suspira y exclama: “ve, no me para pelotas”.

La razón por la cual Julio le manda a quitarse la gorra es para poder verle el rostro. En caso de un robo no podría hacer reconocimiento facial porque la visera sería un obstáculo y al malhechor no le gusta que lo vean, dice Julio.

Pero ¿qué pasaría si alguien sin gorra entrara a robar? Seguramente Julio pondría en práctica las competencias y  habilidades que comenta el antropólogo Rubén Peña: capacidad de observación, memoria y poder negociación. Habilidades que deberían tener todos los vigilantes para cumplir correctamente con su trabajo, agrega Peña.

Y por supuesto, también debería tener mucha valentía, dice Julio. Aparte de ser vigilante es –fue–: “Miliciano, Sargento Primero de la Flotante. En fin, Reserva”. Ese título le ha permitido no sentir miedo durante los tres asaltos que ha sufrido el banco en los últimos diez años.

***

Julio Romero es vigilante desde hace 20 años, antes de eso fue obrero, jardinero y parte de la milicia. Durante 12 años trabajó como vigilante en el Puerto de La Guaira pero su jefe “se fue con la cabuya en la pata” y él se quedó sin empleo. Así pasó mucho tiempo hasta que un amigo le preguntó que si quería ser vigilante de un banco en “la capital” y él de una vez respondió: “¡Vamo’ a darle!”

Él no ha sido el único que ha pasado por eso. La actual situación económica del país ha influido en el aumento de aspirantes a vigilantes, comenta el profesor Peña. Un vocero de la empresa de seguridad Servicios Profesionales MC2 dice que el único requisito para ingresar a la empresa es tener un título certificado de Bachiller y tener entre 20 y 50 años. Según ellos, a partir de los 30 años los hombres son más responsables.

Esa falta de requerimientos es una de las razones por las cuales en el 2013 ya había más de 500.000 vigilantes prestando servicio en toda Venezuela, según el-oficial.blogspot.com.

Dentro de ese número de personas que trabajan por necesidad –y no por vocación–, se encuentra Carlos Montesinos, un joven de 27 años que tiene tres años en un  trabajo que no le gusta. Hace dos meses comenzó en el Centro Plaza y con cierta timidez dice:

–Me encargo del control del acceso a las torres y chequear que no haiga personas con desorden y esas cosas y que no entren indigentes ni pedigüeños.

Aunque el sueño de Carlos es tener su propio de negocio de comida, por ahora debe quedarse en un trabajo que él considera “un poco aburrido”.

***

            Cualquier persona que pase por el Estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela (UCV) a las 3:30 p.m. y vea a un vigilante sentado en una silla de plástico –bajo el sol– con la vista sumergida en una página de periódico, podría pensar que no está pendiente de su trabajo. Si ese mismo vigilante está viendo el entrenamiento de la Selección Femenina de Fútbol o a los jóvenes que corren cerca del estacionamiento, seguro alguien exclamaría: “¡qué trabajo tan aburrido!”. Algo que nunca diría –ni ha dicho– Julio Martínez quien a sus 69 años tiene los sentidos intactos. Al menor ruido voltea el rostro para ver quién se acerca. Puede pasar horas así, oyendo y de vez en cuando observando. Sin temor a la noche porque durante todo este tiempo él ha tenido suerte.

Para Julio Romero, ese que vigila el Banco Mercantil con gusto, su trabajo tampoco es aburrido. Cansa porque tienes que caminar mucho o estar parado mucho tiempo, pero aburrido nunca, dice mientras niega con la cabeza. Luego como si se acordara de algo importante, sonríe y dice:

–Uno aprende en este trabajo –dice satisfecho mientras su mirada se ilumina con cierta picardía–. Seee…Ya uno sabe identificar a los campaneros también conocidos como canta zona, que casi siempre son personas de la tercera edad. Y uno mejora el oído, si prestas atención puedes oír cuando hablan en clave. Por ejemplo, si alguien en un banco dice algo como “loro verde carga 20 huevos” eso seguro es que alguien con ropa verde retiró 20 palos.

Julio se ríe por unos minutos y luego con el rostro serio empieza a decir que un vigilante no puede cargar las manos en el bolsillo porque creen que tiene un arma. Y,  aunque él como vigilante no puede portar armas, explica con facilidad cómo se maneja una –usando como modelo un arma invisible que sus manos dibujaron especialmente para su dramatización. Julio aprieta el gatillo y dispara, pero no se oye nada.

De un momento a otro está emocionado diciendo que a él le gustan los revólveres pero por lo general los malhechores usan una Glock –pistola semiautomática de origen austríaco–. Puede que Julio no sepa que una de las razones es que una pistola es más rápida al momento de disparar y es mucho más práctica para cargar los cartuchos. En cambio un revólver requiere tiempo para llenar el tambor de balas, según se explica en sectordetiro.com.  Detalles que no le importan, él lo único que debe saber es que afuera de un banco no se puede parar ninguna moto y menos que alguien se baje y la deje encendida. Eso significa peligro.

Una mueca en el rostro de Julio revela que esa fue la táctica que usaron en alguno –o en todos– los robos que sufrió el banco. Pero la preocupación no parece durar mucho rato.

2
El revólver imaginario de Julio

***

Un diccionario de uso del español define vigilar como el acto de “observar algo o a alguien para evitar que cause o que reciba un daño, o que haga algo indebido”. Manuel Castillo, después de siete años trabajando como vigilante puede resumir todo la frase en una sola palabra: prevención.

Para Manuel, de 63 años, un vigilante no es un policía ni un grupo de represión. Un vigilante es una persona que  –sin armas– intenta convencer a los malhechores de que no hagan lo que piensan hacer. Un vigilante intenta ser un mediador y podría convertirse en héroe, pero después de ese esfuerzo solo gana salario mínimo.

–Las empresas de seguridad cobran caro por uno aunque igual nos pagan lo mismo que a todo el mundo–dice Julio Romero haciendo un gesto de resignación.

A pesar de eso, son pocos los que aprecian el trabajo de un vigilante, al menos que ese vigilante se haya ganado el cariño de las personas a las que resguarda:

– ¿Qué quién es Julio Romero Viloria? – Pregunta entre sorprendida y risueña una de las trabajadoras del Banco Mercantil, una de las que trabaja en el primer piso–. Él es quien nos mantiene seguros aquí.

El cliente que estaba siendo atendido en ese momento, levantó su mano con cierto interés y decidió unirse a la conversación, dejando a un lado el dinero.

–Disculpe que me meta pero para mí un vigilante es una persona indispensable. ¿Cómo haces café sin azúcar? ¡No puedes! Aquí pasa lo mismo: ¿cómo mantienes seguro un banco sin vigilante? –El silencio dio por entendido que la respuesta a esa pregunta también era “no puedes”.

Desde el primer piso se podía ver a Julio Romero Viloria, de pie junto a la puerta, despidiéndose de una persona con una reverencia mientras una sonrisa dejaba escapar un “¡que tenga buena tarde, artista!”. Siempre tan amable, cuidando el léxico como un buen vigilante.


Imagen principal extraída de mundopymes.net

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