Tatiana Fragiel, una venezolana de espíritu oriental

La bailarina representó a Venezuela en Egipto

Una mujer que come arepas, pero sentada en una alfombra en el suelo de su casa

Víctor Bueno Rangel

Chassé, chassé, giro y giro”, indica Tatiana al tiempo que se desplaza sobre las tablas. Sus alumnas luego lo repiten. Una lo logra con exactitud y la maestra aplaude con entusiasmo. De inmediato regresa al centro del salón, recoge su cabello y cierra los ojos. Está lista para crear el próximo paso.

“Los días antes de una presentación son de mucho estrés”, advierte Wilmer Alcalá (43), quien atiende el gimnasio. Apenas se detiene la grabación, confiesa “ella tiene muchos enamorados. Todos llegan aquí: la profesora, la profesora”. Es indudable. La belleza de Tatiana Fragiel es, a buenas y primeras, su rasgo más notorio.

La vez que la conocí no había terminado de besarle la mejilla cuando ya me estaba preguntando si quería que compráramos algo. “No te vayas a asustar”, dice cuando subimos en el ascensor. Dos perritas schnauzer se asomaron a la puerta de su apartamento. Son Mily y Princess, que dejan de ladrar apenas entran en confianza.

“Tatiana Fragiel es una mujer emprendedora”, habla de sí en tercera persona. La academia de danza que lleva su nombre es prueba de su esfuerzo. Y del amor por el arte que conoció desde niña, cuando sus padres la inscribieron en clases de ballet. “Toda la vida he desarrollado mi parte artística”, expresa.

En su adolescencia fue modelo, pero nunca se identificó con la frialdad de la pasarela. Una vez vio a Alba Cegarra bailar danza árabe en el lugar donde ella desfilaba. La presentación la cautivó por completo. “Eso se parece más a mí”, dijo en aquel entonces. Y los movimientos de cadera se transformaron en la realidad que hoy le da vida a su sonrisa.

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EL CONTACTO CON SUS ESTUDIANTES es, como cualquier profesor(a), lo que ama de enseñar. Sean niñas, adolescentes o señoras, Tatiana disfruta ser testigo de la evolución de cada alumna, del cambio interno que se genera en ellas. “Cada vez que trabajo, yo también estoy aprendiendo algo; entonces es recíproco, bonito, gratificante”, señala.

La satisfacción y el esmero se notan. Así lo expresa Alejandra Rivero (21), alumna y también asistente de Fragiel. “Ella centra toda su atención en que te sientas parte de la organización, en que sientas que tú también promueves la academia a través de tu talento”, comenta.

Y lo que inició en 2009 como una relación entre estudiante y profesora aconteció en amistad años más tarde. Para Rivero, Tatiana es una madre, y así la define en una sola palabra. “No porque me regañe, sino porque me escucha. Y porque tiene una visión adulta de mis cosas. Una mirada que a veces es necesaria para encaminarse. De todos modos echamos broma y salimos por ahí”, explica.

Asimismo, Rivero destaca una particularidad de Fragiel: es la criolla que más se le parece a los árabes. “Es muy conservadora y a veces se comporta como señora. Claro, eso no quita que sea cálido su trato. Es muy amorosa y toma mucho en cuenta tu perspectiva como amiga, como alumna, como empleada”, dice.

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Alejandra Rivero | Por: Víctor Bueno

Tatiana siempre se mantiene erguida. Es esa su postura clásica. Sentada, cruza sus dedos y sus piernas y responde sólo lo que tiene que responder. Se considera poco expresiva. Demuestra el afecto con hechos y no con abrazos, como cuando le preguntó a una amiga para qué la había llamado su papá, enseguida que terminó la entrevista.

NO HABLA ÁRABE, aunque su experiencia la ha llevado a reconocer algunas palabras. Fue tres veces al Cairo y, en la ocasión más reciente, representó a Venezuela en el Ahlan Wa Sahlan, el festival de danza árabe más importante de Egipto. Allí dio clases en el segmento de Raqia Hassan, la directora del evento.

“Yo soy una persona que trabaja con metas y desde que comencé en esto, me pregunté ¿qué es lo mejor? Hay festivales muy buenos, pero el mejor a nivel de renombre, publicidad y al que se traslada una cantidad importante de personas para asistir, era ese. Y como algo mágico, se logró”, relata Fragiel.

Magia es una palabra que se repite en su discurso. Tatiana cree que a cada persona la acompaña un ángel, y al suyo atribuye su éxito.

Hace un año, camino al Cairo, iba ensayando el poco inglés que maneja. De manera que no le fuese demasiado difícil coordinar las clases que daría. “Y cuando llegué al punto, que le digo a la señora ‘hello’, ella me pregunta de dónde soy, le digo ‘I’m from Venezuela’ y responde ‘¡che, yo soy argentina!’ -se ríe-. Esas son las cosas mágicas que te digo. Pude organizar todo en español y hasta se me olvidó lo que había practicado”, cuenta.

REPRESENTAR AL PAÍS significó para Fragiel llevar un poco del sabor venezolano al otro lado del mundo. Su familia y sus allegados fueron un apoyo fundamental para la realización de este sueño. No obstante, por otro lado del asunto, sintió la falta de algo.

“Yo sentí muchos vacíos, porque ¿sabes? Representar a mi país, el esfuerzo que eso implica…, más allá del reconocimiento a mí o a la academia… Siempre he sentido allí un vacío. Siempre he dicho que el día que comencemos a trabajar por Venezuela unidos y no por intereses personales, sea el color que sea, sea la forma que sea, es que vamos a avanzar”, admite.

En el país, los festivales que se realizan de danza árabe son patrocinados por las mismas academias que enseñan este estilo de baile. De hecho, María Gómez, directora del Departamento de Estímulo Creativo del Instituto de las Artes Escénicas y Musicales (IAEM), reconoce el poco esfuerzo que se ha hecho al respecto. No obstante, la funcionaria no descarta la posibilidad de que se organice algún evento de este género en el futuro.

UNA LLAMADA DE LA EMBAJADA de la India en Venezuela marcó un hito importante en la vida profesional de Fragiel. “Todo para mí es magia. Me dijeron que habían estado evaluando mi trabajo y que les parecía interesante, por lo que debía ir a una reunión donde me iban a plantear en cuáles eventos nos íbamos a presentar”, recuerda.

Las noticias importantes le hacen temblar. Y aquel anuncio hizo que Tatiana saltara por toda su casa. En la reunión le propusieron participar en el Diwali, también conocido como Festival de las Luces. Una festividad hindú de cinco días que se celebra durante el Kartika -entre octubre y noviembre, para el calendario gregoriano-.

El resultado de aquel experimento es que hoy Tatiana Fragiel dirige el cuerpo de baile de la embajada, compuesto por sus estudiantes del más alto nivel. Para ella, el equipo de esta institución ha sido una bendición. “Son personas que siempre están pendientes de uno, siempre tienen atenciones. No es que tú llegaste al evento y te tienes que esconder por allá, no, sino que tú formas parte del momento”, expresa.

Además, Fragiel menciona que si existen vidas pasadas, ella seguramente era muy cercana al oriente. “Yo me siento muy identificada con su cultura”, añade. E ilustra su propia esencia con la imagen de una práctica beduina, la de colocar una alfombra en el suelo para sentarse a comer allí. “Esto es Tatiana”, dice. “Para mí eso es como sentirme en casa”, declara después.

Su experiencia se asemeja a la de un colombiano que celebre en Bogotá el Día de Acción de Gracias el cuarto jueves de cada noviembre. A la de un español que baile salsa en Barcelona. A la de un japonés enamorado de las playas de Brasil y del idioma portugués.

Este comportamiento se conoce como transculturación, término que el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) define como “recepción por un pueblo o grupo social de formas de cultura procedentes de otro, que sustituyen de un modo más o menos completo a las propias”. Y que es característico del mundo globalizado.

SER MADRE es un reto que Fragiel asume día a día. A pesar de los años que tiene tratando con niñas, es una inexperta cuando se trata de Verónica (9), su hija. “Es mi debilidad. A veces quiero hacer algo de una manera en particular y ella me dice ‘no, mamá’. Entonces, hay algo allí, que es distinto”, sostiene.

Madre e hija no comparten la misma pasión. Para Verónica un lienzo es lo que para Tatiana es el escenario. La niña, aunque ha empezado a ver clases de ballet y a integrarse más, odiaba que su madre cantara o bailara en casa. “Ella ve que esto le quita a mamá”, dice Fragiel.

En la calle, la bailarina se roba todas las miradas. Hasta las mujeres observan, con admiración o recelo, su rostro o su figura. Sin embargo, Tatiana está soltera desde hace año y medio y confiesa no tener tiempo para el amor. Su dilema es que, al involucrarse sentimentalmente con alguien, le quiera cortar sus alas. Sobre todo ahora, que su cara denota las ganas que tiene de volar.

EN LAS TABLAS Tatiana es lo que es en esencia. Se puede dilucidar que carece de divismo. Tarda poco en arreglarse y el cabello siempre lo lleva igual: liso y suelto, para que se eleve con sus pasos. Como todas, está descalza. Y su cuerpo es el protagonista una vez que suena la música.

Una carismática sonrisa se le ve de a ratos. Y el espectador no reconoce si ha ocurrido accidentalmente o si la mujer lo hizo con toda la intención de enamorarlo. Es dueña del espectáculo. No importa si está sola o acompañada. Caracas de pronto se parece al Cairo. Hace calor. La música evoca a los tiempos de Cleopatra y Tatiana, por supuesto, se convierte en reina.

El caderín deja de sonar y de inmediato termina la escena. Es casi mediodía y la clase en la academia está a punto de terminar. Las estudiantes, respondiendo al llamado de Tatiana, ensayan completa la coreografía. A todas las une la intención de hacerlo tan bien como lo que acaban de presenciar. Se preparan para una de las tres muestras anuales que tienen en los próximos meses.

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