El hambre se apodera de las aulas

Las maestras aprecian el hambre que sienten sus estudiantes. Comentan que los niños no se concentran, algunos asisten sin llevar alimentos y otros vomitan o se sienten débiles por no haber comido la noche anterior

 

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Fuente: El Estímulo

 

La crisis alimentaria toca a los más pequeños de la casa. Los niños, con su singular sinceridad, manifiestan: “maestra, tengo hambre”, “no vine porque en mi casa no hay comida” y “¿me puedo comer lo que dejó aquel niño?”. De esta forma, el año escolar cierra con una triste tendencia: el hambre.

Según la doctora Maritza Landaeta, encargada de planificación e investigación en Fundación Bengoa, el 55% de los niños que estudian en escuelas públicas no va a clases debido a la crisis alimenticia. Landaeta indica que el Sistema de Alimentación Escolar (SAE) no está funcionando y que es normal que los padres sean constantes enviando los niños a la escuela cuando se les cubre al menos una comida al día, que cuando no se les da ninguna.

Fundación Bengoa fue uno de los entes no gubernamentales que en 2015 participó en la elaboración de la Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI). Para esta edición, la encuesta ya arrojaba una caída en las compras de proteína de origen animal (pollo, carne, leche, entre otros). Alimentos que constituían platos habituales en la mesa de los venezolanos, hoy en día son adquiridos únicamente por un pequeño grupo de familias.

“El drama nutricional está en el acceso a las fuentes de proteína animal y esto se da por dos razones: el costo es muy alto y los alimentos escasean, así que el alimento se sustituye por verduras y cereales”, explica Landaeta.

 

La mala alimentación asiste a clase

Karina Ordaz, maestra del preescolar privado Bernardita de Lourdes ubicado en la avenida El Cuartel, dice que se notan los cambios en la comida que hoy llevan los niños. De comer chuleta con arroz y papas fritas pasaron a comer pasta con salsa de tomate, bollito o puré. “Les mandan la comida en los envases más pequeños y los niños no dejan nada de sobra. Se chupan los huesitos y todo”, expresa Ordaz.

La maestra indica que, de los 24 niños inscritos en el salón, cuatro o cinco faltan con frecuencia. “Los niños te manifiestan todo. Un niño que estuvo faltando por tres días, al volver a clases me dijo: mae, no tenía comida. Eso a mí me partió el corazón. En ese momento, el papá aún estaba en la puerta del salón y me hizo seña con la cabeza de que era verdad”, cuenta Ordaz.

En el preescolar bolivariano Menca y Raúl, ubicado en El Algodonal, el panorama es algo diferente. Eunice Azuaje, una de las docentes, habla de que ahí la comida es subsidiada directamente por Mercal. El menú dado por el colegio consiste en desayuno y almuerzo.

“En el salón que yo dirijo hay 17 niños y la asistencia en el salón es casi completa, pero cuando servimos la comida nos damos cuenta de lo que hace falta en las casas de los niños. Ellos mismos lo dicen: ¡qué rico! en mi casa no hay esto“, relata la maestra.

Raquel Corro, profesora de quinto grado del colegio privado José María España y Picornell en Charallave, manifiesta que de 29 alumnos que hay en su sección un grupo de siete que pierde clases con regularidad. Al igual que los niños de preescolar, los estudiantes del salón de Corro le cuentan que dejaron de ir porque sus papás estaban haciendo cola o que no tenían comida para llevar.

Corro señala que antes era normal, ver a los niños con dinero para comprar en la cantina, sin embargo afirma que ya los papás no les dejan dinero a los niños por los costos de los desayunos.

Karina Ordaz y Raquel Corro aprecian el hambre que sienten sus estudiantes: comentan que los niños no se concentran, algunos asisten sin llevar alimento confiando en la buena fe de sus maestras y de sus compañeros, mientras otros vomitan o se sienten débiles por no haber comido la noche anterior.

“Veo que la mayoría de los niños han bajado de peso. De 24 de mis alumnos, capaz hay dos que no han dejado de llevar su comida completa y que tienen una asistencia regular, los otros 22 entran en el combo de niños que bajan de peso y que pasan necesidad”, lamenta Ordaz.

A pesar de que el preescolar Menca y Raúl asiste a los niños con dos de las tres comidas básicas, Azuaje describe que algunos niños llegan en la mañana diciéndole que no cenaron la noche anterior, ni comieron antes de que los dejaran en el preescolar. “Hay niños que están pendientes de los que dejó el compañero. Nos dicen: Maestra, fulanito no quiere atol, ¿me lo puedo comer?

El Estímulo publicó recientemente cómo en un colegio de Fe y Alegría utilizaron los dibujos de los niños como una vía para conocer el aumento de casos de ausencia escolar. A los niños les pidieron dibujar qué comían en casa y así identificaron las carencias.

 

Hambre de gemelos

Para Celeste Azuaje Hernández, madre de gemelos de 10 años, el día a día consiste en “hacer magia” para poder alimentar a sus hijos. Sacrificar su comida para que los niños coman más es uno de los trucos que maneja esta mamá. Otros consisten en la venta de prendas personales y artículos a los que no les da uso, así como hacer trueques entre familiares.

“Antes a ellos les daban el almuerzo con el PAE (Programa de Alimentación Escolar, ahora SAE), casi no. En ocasiones ni hay PAE por dos o tres meses. Pero cuando hay comedor les dan arroz con caraota o pasta con pollo. No está mal”, comenta Azuaje.

La madre de los gemelos comenta que, cuando los niños entraron a quinto grado, ellos querían comprar su merienda. Hace unos meses con 300 bolívares les alcanzaba para comprar comida y bebida en el desayuno. Ahora les da la misma cantidad de dinero y sólo les alcanza para comprar el tequeño o la empanada.

“De la casa no les puedo mandar una arepa porque no hay harina pan, y en ocasiones ni pan consigo, así que al menos yo sé que si les doy el dinero ellos van a poder comprar y por eso no faltan a clases”, explica Azuaje.

En ocasiones, Azuaje ha pensado en no enviar los niños a la escuela, pero a los gemelos les gusta ir y –según su madre– son estrictos con eso. La motivación de los niños con los estudios motiva a su madre a realizar los sacrificios necesarios para que sigan yendo a la escuela.

“Yo trato de no preocuparlos con la situación, pero ellos se dan cuenta de que algo está mal porque comen menos que antes. Los niños siempre piensan en comer, siempre me dicen que tienen hambre. A mí me toca ver al techo, no puedo hacer nada. Aunque me han acompañado a hacer cola y se dan cuenta de que uno regresa con las manos vacías o con otra cosa que no es lo que fuimos a comprar, igual se quejan del hambre y de que les sirvo poquito. Me duele, pero a mí me toca explicarles que mañana también hay que comer”, describe Azuaje.

 

Trabajo institucional

La realidad que vive Celeste junto a sus hijos, al igual que otras familias, no tiene una respuesta clara por parte de las instituciones. El Ministerio de Alimentación, encargado de la distribución de alimentos en los planteles del estado, no ha vuelto a hacer pública una entrega significativa de alimentos en centros educativos desde el 24 de febrero, de acuerdo con su propio portal web.

Así mismo, el último archivo publicado por el Ministerio de Educación respecto al tema de acciones y logros en materia educativa, titulado 12 años de Revolución Educativa, fue publicado en 2011.

Por otra parte, la gobernación de Miranda publicó una encuesta, realizada el mes de junio de este año, que hace referencia a la situación de alimentación de estudiantes y docentes de escuelas de la gobernación. La encuesta, respondida por 2.581 estudiantes en 173 escuelas de 19 municipios de la gobernación, arrojó lo siguiente: 30% de los alumnos come una o dos veces al día, 50% ha tenido que acostarse con hambre porque no tienen suficiente comida en casa, 13% no asiste a clase cuando no hay comida en la escuela, 55% ha faltado a la escuela para acompañar a sus padres a hacer colas por comida y 21% dijo que usualmente come en la escuela.

 

Deficiencia física, mental y psicológica

Mirla Morón y Pablo Hernández, nutricionistas con especialidad en el área de nutrición humana, hablan de la importancia del consumo de proteínas en las etapas de crecimiento infantil. Señalan que la ausencia de estos nutrientes hace que los niños presenten estaturas bajas para su edad, y manifiestan con preocupación que el indicador de talla alcance un límite irreversible.

Además, Morón insiste en que las proteínas afectan el desarrollo del sistema nervioso y sistema inmunológico. La mala alimentación del infante ocasiona daños en estos sistemas, y los estragos son irreversibles así se intente recuperar una dieta balanceada en un futuro próximo.

Sobre el intento que hacen los padres por alimentar a sus hijos con lo que pueden (yuca, papa, mango, atoles sin leche u otro), Hernández señala que esto es causa de un hambre oculta. Los niños comen, pero no llenan los requerimientos nutricionales. Morón explica que, lo que en apariencia no se ve alarmante, se trata igual de desnutrición.

Hernández hace énfasis en que, además de proteínas, los niños también deben consumir alimentos ricos en hierro, calcio y zinc. “Por falta de hierro se produce la anemia, por falta de calcio se detiene el crecimiento y aumenta el riesgo de osteoporosis, y por falta de zinc más adelante se padece de la piel”, indicó el nutricionista.

Ambos especialistas coinciden en que esto representará un enorme gasto para el estado, pues no se trata de sacar a los niños de la desnutrición, sino de todas las complicaciones que se presentarán a partir de ahí. Comentan que es una generación de relevo que no se está creciendo como debería, y por lo tanto el desarrollo del país se ve comprometido.

Irene Puigvert, psicopedagoga con maestría en desarrollo humano, dice que hay una cadena de procesos psicológicos que está afectando a niños y a adultos: cuando los padres no están bien, los hijos tampoco están bien.

Psicológicamente, explica Puigvert, la alimentación y el amor tienen un vínculo estrecho. “El primer reflejo del niño al nacer es la succión, alimentarse del seno materno es preciso para la vida del bebé pero  a través de esto también se satisface una necesidad de amor y protección. Por lo tanto, un niño que no se alimenta bien, o que come menos que antes, sentirá inconscientemente que se le quita, además de comida, amor”, detalla la psicopedagoga.

Aunque el hambre se apodera de las aulas y del panorama en general, Puigvert señala que, en función el bienestar de los más pequeños, las familias deben buscar sobreponerse al drama de no conseguir los alimentos. Dice que, independiente de lo que esté sucediendo en realidad, hay que buscar tener un nivel de control sobre las emociones y transmitirles fortaleza emocional a los niños para que ellos puedan seguir adelante.

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